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e Letr-David Andreu
Con la llegada de YouTube, Twitter y Facebook el brillo de las estrellas intocables de los ochenta y los noventa se ha ido opacando. Ahí está Tom Cruise, el chico dorado de Hollywood, convertido en el hazmerreír de la blogósfera desde que tuvo a bien treparse a un sillón y declararle al mundo que se había enamorado de Joey Potter de Dawson´s Creek. Ahí está Russell Crowe, el gladiador al que la revista GQ alguna vez llamó El Siguiente Marlon Brando, ahora limitado a revivir glorias pasadas después de que le aventó un teléfono a un empleado de un hotel en el que se hospedaba. Pero si Cruise y Crowe protagonizaron escándalos monumentales, el escándalo reciente en el que se ha visto involucrado Mel Gibson se merece el trono. De arma letal a actor dramático, de comediante a director ganador del Óscar, de provocador a autoexiliado, de estrella al borde del comeback a chiste de Jay Leno: esta ha sido la historia de la caída libre de Mel Gibson. Caída que no sorprende. Desde hace años coqueteaba con el escándalo: desde su uso ofensivo de un príncipe homosexual en Braveheart hasta su arresto en el 2006, cuando declaró que los judíos tenían la culpa de todas las guerras del mundo, el otrora William Wallace ha ofendido a varias minorías. Sin embargo, hace un par de semanas decidió ofender a todas las que le faltaban. En medio de un embrollo legal por la custodia de su hija, la novia de Gibson, una tal Oksana Grigorieva, grabó múltiples conversaciones que sostuvo con el actor. Durante ellas, Gibson la amenaza de muerte, llama espalda mojada a una trabajadora mexicana y le advierte a su novia que si sigue vistiéndose provocativamente la violará “una jauría de negros”.
A raíz de este último escándalo, Gibson ha sido objeto de decenas de columnas y artículos dedicados a entender el origen de su ira y a avizorar las consecuencias que este episodio tendrá sobre su exangüe carrera. En el New York Times, David Brooks analiza a Gibson a través del tamiz del narcisismo, llamándolo, en pocas palabras, un machista y un bobo. Sin embargo, ninguna es más lapidaria que la de Christopher Hitchens en
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